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LOS MARISTAS
 

Llevan el nombre de María.
Miembros de una misma familia,
están junto ella en la Iglesia,
al servicio de los hombres.

Después de la Revolución , la Iglesia de Francia conoce una eclosión de respuestas generosas a las necesidades apremiantes de la época.
Doce jóvenes del seminario mayor de Lyon se comprometen el 23 de Julio de 1816 en Nuestra Señora de Fourvière: “Prometemos solemnemente consagrar toda nuestra vida y todas nuestras energías al establecimiento de una Sociedad de la Virgen María, que tendrá como fin anunciar a todos los hombres la salvación de Jesucristo, bajo la protección y amparo de su Madre…”.
Este impulso original hará nacer pronto las diversas ramas de la Familia Marista en la vida religiosa, sacerdotal y laical.

En los primeros tiempos de la Iglesia, María desempeñó con discreción un papel importante, mediante su escucha y disponibilidad, estando atenta a las personas y a los acontecimientos, y por su manera personal de participar en la vida y la misión de la Iglesia.

Nosotros estamos convencidos de que la Iglesia de hoy tiene necesidad de mujeres y hombres que manifiesten los aspectos marianos de compasión, sencillez, paciencia y presencia entre los pobres.

Creemos

  • que María está presente en la Iglesia de hoy, como lo estaba en Pentecostés,
  • que ella nos enseña a ser discípulos de Cristo,
  • que con ella es posible construir una Iglesia nueva,
  • y que es nuestro Recurso Ordinario.

Con ella optamos por la vida, eligiendo la confianza, apertura, audacia y esperanza.

 
Con María
 

Con María, la Iglesia parte al encuentro de la vida.
Visita a las mujeres y a los hombres y, más allá
de las esterilidades aparentes, está atenta a lo que nace,
a lo que es posible, a la vida que palpita en ellos.

Con María, la Iglesia habita en Nazaret, en el silencio y la sencillez.
Su casa se parece a todas las otras.
Ella habla con los habitantes de la aldea. Llora y se alegra con ellos.
Y sobre todo escucha.

Con María, la Iglesia permanece al pie de la Cruz.
No se refugia en una capilla o en un silencio prudente,
cuando los hombres son aplastados.
Se expone, y tanto en sus actos como en sus palabras,
con humilde coraje se pone al lado de los más pequeños.

Con María, la Iglesia deja entrar el viento de Pentecostés,
El viento que empuja hacia fuera y desata las lenguas,
y en el sitio público toma la palabra.
Pero he aquí el gran secreto que ella sólo puede susurrar:
para ganar la victoria, Dios ha depuesto las armas.

François Marc, sm

 
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